Playacancun

Estoy de vuelta.

A los que me extrañaron les pido disculpas por simplemente “desaparecer” por 2 semanas. Tenía la intención de dejar una notita avisando que me iba a tomar unas vacaciones, pero entre la montaña de cosas que tenía que dejar hechas para poder irme y las pocas ganas que tenía de hacerlas, llegó el día de partir y no me quedó otro remedio que cargar con el iBook para el aeropuerto… Por suerte, la crisis aguda de “dependencia digital” se me pasó después de un par de días de playa, sol y una que otra piña colada.

Sobre mis vacaciones puedo decir que fueron perfectas. No sé si será por causa de la mudanza del hemisferio norte para el sur en diciembre pasado (vicisitud geo-climática que me robó un verano); o quizás fue debido al stress acumulado por el proceso de adaptación a un nuevo país, pero nunca antes había añorado tanto unos días de descanso lejos de la rutina de todos los días. Definitivamente volví renovada. Cambié de color (del verde musgo pasé a un dorado caribe; cambié de cara (desaparecieron las ojera y juro que por lo menos media docena de arrugas…). También podría decirse que cambié de ánimo y por qué no, de perspectiva ante mi propia cotidianeidad.

Definitivamente el derecho a las vacaciones debería ser consagrado por la Declaración Universal de Derechos Humanos. Por vacaciones no me refiero al derecho que teóricamente toda persona tiene a un período de descanso periódico remunerado y al que muchas personas renuncian para ganar un dinerito extra o por absoluta falta de opciones. Me refiero específicamente a que todo trabajador merece tener la posibilidad de salir de su casa y tomar distancia de su rutina, en compañía de su familia, por lo menos 10 días al año, aunque sea para ir al pueblo vecino. Es una cuestión básica de sanidad mental, calidad de vida y -por qué no- de dignidad.

De pronto me acordé de mi infancia en las sierras de Córdoba, en los lejanos tiempos cuando la Argentina era un país más igualitario y solidario. Los sindicatos tenían sus propios hoteles y aunque no eran el Club Med ni estaban localizados en parajes paradisíacos, ofrecían a los bancarios, obreros metalúrgicos, maestros, etc, la posibilidad de disfrutar con su familia de un turismo de standard “operario”, pero turismo al fin…

No se trata de un caso de síndrome de culpa post vacacional pequeño burgués ni que estoy con nostalgia de la “patria peronista” (justo yo que jamás fui peronista) Pero definitivamente algo anda muy mal en un sistema donde a los únicos que se les subvencionan viajes gratis son justamente a aquellos que más oportunidades tienen de viajar (frequent flyers) o a los que más consumen. Para los demás, resta la bañera y quedarse “a ver navíos”, como se decía antes.

Pero bueno, “teques” aparte, en mi próximo post, les cuento a donde fui, que fue lo que más me gustó y lo que menos disfruté del viaje. En la sección Flickr (en la columna de la derecha) encontrarán las fotos que me parecieron más bonitas para compartir con ustedes. La que ilustra este post, dicho sea de paso, es de la colección Mexican Palette Photo Pool y fue tomada por Fabiola. Los colores parecen falsos pero son así mismo en las Playas de Cancún.

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