Yeltsin quien?

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Se murió Boris Yeltsin. No se sabe bien de qué, pero las evidencias apuntan al vodka, por el conjunto de la obra.

Aunque el tipo me caía como una patada, no pude evitar sentir una cierta nostalgia al constatar que para toda una generación de jóvenes, el nombre no les dice nada. Algunos han oído hablar de la URSS o de la Perestroika, pero carecen de la vivencia y/o la conciencia de lo que significaba vivir en un mundo bipolar. Para ellos es un dato histórico más, como lo son la Segunda Guerra Mundial o Atila, rey de los hunos.

La existencia del antiguo bloque socialista significó durante décadas el único contrapunto racional a la aplanadora ideológica del capitalismo. Que ese descomunal experimento de ingeniería social se haya desmoronado- como se desmoronó- por el peso de su autoritarismo burocrático, no cambia el hecho de que el ideario socialista siempre estuvo del lado justo de la historia: donde estaban los excluidos, los perseguidos, los “invisibles”. Antes de ser pasteurizado como ícono pop, el Che simbolizaba la quintaesencia de ese idealismo humanista (todavía lo simboliza, por lo menos para mí).

Es verdad que con la madurez, la mayoría de nosotros aprendimos a pasar de la tesis, a la antítesis y de ahí a construir nuestras propias síntesis; refrendando aquello de que “quien no es socialista a los 20 años no tiene corazón y quien lo continúa siendo a los 40 no tiene cerebro”. Pero aunque muchos hayan dejado para atrás sus utopías de juventud, por lo menos creyeron en ellas en algún momento de sus vidas. Eso ya es más de lo que puede jactarse toda una safra nueva de jóvenes, cuyo sueño hoy es tener un MBA y llegar a ser el próximo CEO de una multinacional de las lista top 500 de Fortune.

A lo mejor es ingenuidad mía, pero me gusta pensar que esa fase de “idealismo socialista” fue para la gente de nuestra generación como una especie de vacuna, que subliminarmente nos inmuniza contra casos extremos de cinismo y mezquindad galopante. Allá en lo más profundo de nosotros mismos, somos “menos peores” por causa de los ideales que supimos elegir alguna vez.

Justo en relación a este tema, hoy leí en Ciberescrituras, el blog que Juliana Boersner escribe desde Caracas y que siempre les recomiendo, una nota a la que le debo la inspiración y la alegría que siempre siento de encontrar un espíritu afin. No dejen de leerla. Se llama: Yeltsin, Gorbachov y el mundo que me formó

Y para los que se sintieron sintonizados con este post, quería recomendarles dos filmes entrañables y melancólicos que rescatan el valor de las utopías para la construcción de una integridad de carácter. Para los que se lo perdieron, no dejen de conseguir el DVD de Good bye Lenin! del alemán Wolfang Becker y estén pendientes del documental El telón de azúcar, de Camila Guzman, que está todavía en el circuito de festivales (acabó de pasar por É tudo verdade de São Paulo, por Guadalajara y por el Bafici de Bs As, donde ganó el premio de la crítica especializada). Estos dos directores transitaron caminos diferentes (uno en la ficción y otro en el documental) para llegar a una misma conclusión. Que independientemente de los destinos que los gobiernos puedan tener, los pueblos son del tamaño de los ideales por los que lucharon, aunque la historia les haya pasado por encima.

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3 Comentarios
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Patricia,que bueno “oírte”, linda! De pronto una cierta soledad de ideales se pone al lado pues todavía hay almas hermanas por ahy y más allá. LLenas de cuestiones que son hijas de imágenes de sueños y esperanza. No quiero, ni puedo botarlos, gracias por me acordar.
un besote, Duaia

Que saudade Duaia! ando meio sumida mais adoro quando voce aparece e me deixa suas notinhas, sempre carinhas e cheias de esperança! obrigada.

beijo para voce e Joaquim

No me mates! Pero no estoy de acuerdo con vos. Yo no voy a votar en el Cristo. Si fuera por tu argumento, la torre eiffel también sería una maravilha, porque desde allí tenemos la vista de Paris.
No niego que Rio es una ciudad muy linda, pero el verbo en presente es dudoso.
Hoy en día la violencia, la favelización y la especulación inmobiliaria la oscurecen.
Subir al Cristo y mirar para abajo y ver lo que hacen constantemente con esta ciudad duele.
Montañas que tenían verde, selva, bosque, ahora son moles de cemento.
Me acuerdo lo que era la lagoa 30 años atrás…
Tanos edificios substituyeron la belleza de Rio.
Creo que tenemos que pensar más en lo que Rio se está conviritendo antes de votar en el Cristo. Parece que estamos cerrando los ojos al crimen que están comentiengo.
besos,
Miriam



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